En México, crisol de culturas y civilizaciones, se vive una profunda crisis en el ámbito de los derechos humanos. Andrés Manuel López Obrador ha llegado a la presidencia de un país desagarrado por el dolor y la violencia, donde hay 2.000 fosas comunes clandestinas y miles de personas desaparecidas. La inseguridad es el principal motivo de preocupación para la ciudadanía, cuya confianza en la policía, el ejército, los jueces y los políticos es prácticamente inexistente. ¿Quién podría confiar en un Estado en el que la corrupción y la impunidad son rampantes? ¿Cómo pueden recurrir a él quienes defienden los derechos humanos, cuando el propio Estado les ataca y es el principal responsable de las violaciones de estos últimos?

El desolador panorama es el resultado de una lucha frontal entre hombres armados al servicio de poderosos intereses económicos. No se trata únicamente de la “guerra contra el narcotráfico”, que se ha cobrado miles de víctimas y apenas ha hecho mella en este negocio millonario, sino de la guerra incesante contra la propia ciudadanía que libran políticos, empresarios y multinacionales para apropiarse y explotar recursos y servicios que son de todas las mexicanas y mexicanos. Se trata de una violencia que carcome e intoxica el funcionamiento diario del país y, con frecuencia, se cuela también en el cuerpo, en la mente, en el alma de cada ciudadano y ciudadana.

Las defensoras de los derechos humanos están en la línea de fuego de esta guerra sin cuartel. Frente a la desprotección y la inoperancia institucional, han desarrollado sus propias estrategias para manejar el estrés de tener que estar siempre alertas y sufrir cotidianamente amenazas y agresiones.

Las defensoras de Consorcio son en este sentido un ejemplo inspirador, en especial para las mujeres defensoras: a través la protección integral feminista, se protegen apoyándose y cuidándose unas a otras y conectándose asimismo con la tierra, con la intuición, con la sabiduría ancestral, con su poder femenino.

Sí, a pesar de todo, en México habita la esperanza.