Comunidades rechazan proyecto turístico de aventura en Chiapas

La hermosa y grande laguna que marca un límite de Montes Azules es la nueva meta de los inversionistas turísticos. Aprobado por la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales y por la Comisión de Medio Ambiente, Recursos Naturales y Pesca de la Cámara de Senadores, el proyecto Estancias Vivas Natura Miramar contempla la construcción de «estancias» para hospedar turistas a orillas de cuerpo de agua, un hotel que las autoridades llaman «turismo alternativo».

En el plan oficial sólo se ha considerado al ejido Emiliano Zapata; en tierras suyas se edificarían 11 habitaciones dobles y cuatros suites, restaurante, bar, oficinas, lavandería y «zona de empleados». No todos están de acuerdo; a muchos ni los han consultado. Desde hace años existe aquí un flujo turístico regular, nunca abundante, que no parece alterar la vida del poblado.

Mayor impacto tiene aquí, y peor en el vecino ejido San Quintín, la gran base militar, a escasos kilómetros de la laguna.

Emiliano Zapata, Benito Juárez, Nueva Galilea y Tierra y Libertad son los pueblos en torno a Miramar, aunque sólo el primero es «legal»; sus habitantes se consideran guardianes de la laguna, aunque otros también lo sean, como a su modo los zapatistas de Nueva Galilea que la defienden sin «apoyos» del gobierno ni inversiones turísticas cada día más y más privadas.

En un paraje de islotes laguna adentro, un letrero sobre tablas expresa su rechazo: «No queremos turismo de aventuras. Porque el gobierno está creando el turismo de aventuras del infierno. Este plan está lleno de ratas y tramposos. Es campaña de contrainsurgencia y guerra de baja intensidad. Aquí queremos justicia, libertad y democracia. Aquí el pueblo manda y el gobierno obedece. EZLN».

En un rincón de la laguna, bases de apoyo zapatistas pueblan y dicen cuidar el último confín, la frontera actual entre la selva del hombre y la que prescinde de la humanidad en la alternancia de los siglos. Visto desde aquí, representa el último reducto del Desierto de la Soledad, como lo llamaron los primeros conquistadores; hoy reserva integral de la biosfera o coloquialmente «biosfera» de Montes Azules, que vaya que si son montes, y vaya que si azules. En el periodo clásico maya hubo ciudades y comunidades de agricultores en el corazón de esta selva hoy «reservada», como Tzendales (notable vestigio arqueológico inexplorado, cerca del río Negro), Miramar y, claro, Bonampak en el extremo norte.

Las promesas del inversionista ponen para los indígenas el sol, la luna y las estrellas en forma de infraestructura para «turismo de naturaleza». Aquí donde ya están el sol, la luna y las estrellas, el agua mejor y el cielo más grande de la selva Lacandona, ¿qué más pueden ofrecer hoteleros, restauranteros, constructoras, contratistas, funcionarios ambientales y agrarios metidos en turismo, senadores, gobernadores, candidatos, televisoras, refresqueras, bancos, constructoras? ¿Qué, mejor que esto?

Algunas comunidades son –y todas debieran ser– guardianas de la selva, el agua, el territorio y lo que éste contiene y alimenta, lo que cada mañana reciben de la tierra, llamada Madre en las cuatro lenguas mayas que desembocan en este vértice de las cañadas, convergencia también de los caminos que hacia Las Margaritas y Ocosingo hasta logran parecer carreteras. Es el vértice donde el jacarandoso río Perla se suma al de pronto calmo y señorial, por fin navegable Jataté, un caudal robusto y grande en ruta de volverse Lacantún y finalmente Usumacinta, lejos de aquel chamaquito de cascadas atropelladas en Corralito, en los Altos, entre Oxchuc y Ocosingo.

Emiliano Zapata, aunque de mayoría chol, es una de las pocas comunidades de la selva donde habitan también tzeltales, tojolabales y tzotziles. Una de las más «cosmopolitas». Los ejidatarios (no todos lo son en Zapata) tienden a descalificar a los poblados vecinos, que carecen de títulos de propiedad, y particularmente acusan a los de Benito Juárez de destruir bosques y contaminar el lago. La embarcación de Benito Juárez, tremendo lanchón, solía usar motor, pero ya no se le permite. Ahora han de remar de allá para atravesar hasta Zapata, que es la salida para los habitantes de la ribera. O lo era, pues la carretera que viene de Amatitlán, Lacantún abajo, ya alcanzó Chuncerro, dentro de Montes Azules.

Según César, un joven chol que guía a los enviados de La Jornada alrededor de la laguna, el actual manejo de visitantes resulta racional, suficiente y hasta cierto punto autosuficiente, no necesita de un hotel privado. «El que quiere venir a Miramar, de cualquier parte, viene. Apenas unos días atrás vinieron 20 visitantes de Comitán y Tuxtla Gutiérrez. Familias. Llegaron en camionetas y acamparon tres días, tan tranquilos. Gringos y franceses llegan por oleadas. En temporada vacacional hasta 50 personas acampan o cuelgan hamacas en la playa». Un turismo modesto, presumiblemente ecológico (más que el de un hotel), suficiente para una comunidad que come de la tierra y vive rodeada de agua, entre dos grandes ríos y una laguna portentosa.

Hermann Bellinghausen

Periódico La Jornada
Domingo 27 de mayo de 2012, p. 15

Laguna Miramar, Chis., 26 de mayo.

Fuente:

http://www.jornada.unam.mx/2012/05/27/politica/015n1pol

Imagen:

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