Iñigo Egiluz, brigadista de la hermandad del quetzal

Guatemala retorno selvaEscribe: Sandra Beatriz Moreno Sorto. Como el quetzal, Iñigo necesitaba la libertad para vivir. Su primer destino como brigadista internacionalista, acuerpado por Hirugarren Mundua ta Bakea (PTM) más tarde Mundubat, fue Guatemala en 1996. Después de acompañar a las comunidades refugiadas en Chiapa y los retornos, se trasladó a Colombia, donde, un 18 de noviembre de 1999, lo asesinaron los paramilitares por su trabajo en el Bajo Atrato con las poblaciones afrodescendientes que estaban siendo masacradas.

A 19 años del asesinato de Iñigo, hemos querido recordar su legado con el cooperante Jesús Martín, Txutxi, quien coincidió con el joven brigadista en tierra guatemalteca. Por aquel entonces, Iñigo era un voluntario que andaba por su cuenta, acompañando a las comunidades en el retorno de Chiapas, México, a Guatemala.

¿De dónde había salido el dinero para sostenerse? En Euskal Herria, Iñigo había trabajado y estudiado. Ahorró dinero y se pagó el viaje. Su objetivo: ir de voluntario y brigadista a vivir con las comunidades guatemaltecas refugiadas en Chiapas. Si andaba por la capital, dormía en la casa de PTM. Su paso por la urbe también implicaba una agenda política. En especial iba a los plantones con la gente de Copalá frente a las instituciones de Gobierno. Era casi un hecho que saldría en la “foto” de los medios de comunicación al día siguiente, porque aquel cooperante pelirrojo, con barba, blanco y alto, sobresalía entre las mujeres y hombres indígenas mayas con las pancartas.

Hombre de selva

“Iñigo resaltaba”, dice Txutxi. “Su compromiso con las organizaciones indígenas era total. La gente lo quería. Le tenían confianza”. Por eso, cuando hubo que ejecutar el proyecto del retorno, coordinado por Txutxi, este sin dudarlo quiso contratar a Iñigo como parte del personal de logística, ya que vivía en la selva con la población refugiada y conocía el terreno. Él dijo que no.

Mundubat ayuda humanitaria selvaTxutxi entiende ahora mejor la negativa de Iñigo. “Quizás no quería perder la libertad que tenía. Él estaba en un proceso de maduración de qué es la cooperación en terreno desde un brigadista internacionalista por libre o estar en una estructura como PTM, donde había que responder a ciertos protocolos de trabajo y seguridad para cuidar la presencia en el territorio o en el propio país de la ong”, reflexiona. “No quería estar bajo la disciplina de una organización. Quería libertad de movimiento. Andar a su aire”.

Y, a pesar del no, Iñigo se entregó por completo junto con la población refugiada a realizar, paso a paso, las distintas fases del Proyecto de PTM. Su apoyo fue vital, porque conocía el terreno, a la gente y su idiosincrasia.  “Hablaba con hechos. Sus silencios eran elocuentes”, recordó Txutxi de su mejor aliado. Este, por ejemplo, lo acompañó a llevar el motor fuera de borda para la lancha que se hizo en San Marcos. Iñigo se encargó de probarla en el río Chixoy. Ese día fue que le hizo la foto donde se ve a Iñigo en la lancha.

Solidario hasta la médula

Su idea fundamental era ayudar. Comía lo que había. Hacía de correo. No buscaba mandar y trabajaba duro cortando árboles, ayudando a cargar los troncos en la selva, llevándolos hasta el río o trasladando las tablas que se necesitaban para construir las viviendas de Copalá. Iñigo tomó contacto con una realidad, la constató en el terreno. Era el internacionalismo bien entendido. Luego esto se reflejó en el trabajo con Mundubat en Colombia hasta que acabaron con su vida.

De acuerdo a Txutxi, cuando supo del ataque en el río Atrato, el 18 de noviembre de 1999, y de la embestida a la lancha por los paramilitares que Iñigo había caído al agua y no encontraban su cuerpo… “pensé que podía salir, porque era fuerte y tenía facilidad en el agua”. Sin embargo, pasó lo peor con aquel joven cooperante vasco tan perseverante y tranquilo.

Tanto en Colombia y Guatemala, Iñigo pervive entre la población que acompañó. Sin embargo, en este último país, por allá, por la selva, por Copalá, la descendencia del pueblo maya “ven” su figura inconfundible con esa barba y rizos rojos fundida con el plumaje rojo del pecho del quetzal, otro ser que solo puede vivir en libertad en los bosques y como dice la leyenda… “el quetzal solía cantar hermosamente antes de la conquista española, pero a partir de entonces se ha quedado callado, y volverá a cantar cuando la tierra esté libre de verdad”.

 

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Nota: Mundubat aprende siempre de Iñigo Pinchad aquí

 

Mujer maya Guatemala

 

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