Humanidad: implica proporcionar un trato respetuoso con la dignidad humana, orientado a aliviar el sufrimiento causado por los conflictos y los desastres.
Neutralidad: supone la abstención de todo acto que, en cualquier situación conflictiva, pueda interpretarse como favorable a una de las partes implicadas o en detrimento de la otra. En palabras de Macrae, supone no tomar partido en las hostilidades ni comprometerse en controversias políticas, raciales, religiosas o ideológicas; supone -según matiza- ser neutral no hacia el sufrimiento sino hacia la fuente del mismo. Es decir, no implica una indiferencia por parte de las organizaciones humanitarias (lo que sería contradictorio con sus principios éticos), sino que es una estrategia operativa, un medio para poder desempeñar el fin humanitario de ayuda y protección de las víctimas.
Imparcialidad: implica que la ayuda humanitaria debe proporcionarse a las víctimas en función de sus necesidades, no en función de cualquier otro criterio que suponga una discriminación por raza, sexo, o ideología política. Sin embargo, desde el punto de vista práctico, imparcialidad no significa que se deba suministrar ayuda a toda una población o sin condiciones. La ayuda humanitaria se puede concentrar en una de las partes o en un grupo determinado si se prueba que dicha parte o grupo es más vulnerable.
Independencia: significa que las organizaciones humanitarias desempeñan sus funciones sobre la base de sus propias decisiones, al margen de condicionamientos políticos tanto en sus países de origen como en los que actúan. Ahora bien, como ocurre con los demás principios clásicos, éste también se ve cuestionado en la práctica por diferentes factores.
Universalidad: implica que cualquier víctima de un desastre natural o humano debe ser socorrida, independientemente de toda diferencia política, étnica o de otro tipo. Sin embargo, su aplicación resulta casi imposible.